jueves, 18 de febrero de 2010

Amor Desinteresado.

La amistad del hombre es con frecuencia un apoyo; la mujer es siempre un consuelo.

Para entender la esencia de un amor desinteresado, empezaremos con una referencia histórica:

San Luis el Rey, mandó a Ivo, Obispo de Chartres, en una embajada, y este le dijo que en el camino se encontró con una matrona madura y airosa, que traía una antorcha en la mano y un cántaro en la otra;  le preguntó que significaban esos símbolos y que se proponía hacer con su fuego y su agua.  Le contestó “El agua es para apagar el Infierno; el fuego es para incendiar el Paraíso.  Quiero que los hombres amen a Dios por el amor a Dios”

Un poema nos va servir de fundamento para acabar de comprender este texto histórico.
Borges afirmó en diciembre de 1959 que este texto era un anónimo del siglo XVI.  Hoy sabemos que es de un monje, con el apellido “De Guevara”.

No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.

Tu me mueves, Señor, muéveme al verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme, ver tu cuerpo tan herido;
Muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera
Que aunque no hubiera cielo yo te amara,
Y aunque n no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
Pues aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.

El amor divino de lo humano, surge como un corolario de experiencia histórica para tí, Eva, en el epitafio que te escribió Adán:  Donde estabas tú, estaba el Edén.

Lo humano de lo divino, así dice:

Mujer, si te amo por el temor de tu olvido,
quémame en tu memoria.
Y si te adoro por la esperanza del placer pasajero,
exclúyeme de tu vida;
pero si te amo por ti misma,
no me niegues tu imperecedera hermosura.

Total, una vida sin reflexión y el amor de amistad, no vale la pena vivirse.

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